Fue un 9 de abril de 1961 cuando un grupo de vecinos de Centenario decidió ponerle nombre y propósito a un sueño. Ese día nació el Club Social, Cultural y Deportivo Sargento Cabral. Hoy, exactamente 65 años después, la institución de París 690 sigue siendo mucho más que un conjunto de paredes y una cancha. Es el lugar donde el barrio se reconoce.
Conocido cariñosamente como “El coloso de Centenario”, el club construyó su leyenda a pulmón. Allí se forjaron cracks del fútbol barrial, pero también se criaron generaciones enteras que encontraron en sus pasillos un segundo hogar. El apodo no es casual: en estos 65 años, el Sargento Cabral se volvió inmenso no por su tamaño, sino por su capacidad de cobijar.

Hoy, ese coloso late con fuerza gracias a los chicos y chicas que lo llenan de vida cada tarde. Más de 150 jóvenes pasan semanalmente por sus instalaciones, repartidos entre las categorías de fútbol infantil, el handball que gana adeptos y el hockey femenino que ya es una marca registrada del club. Las risas se mezclan con los silbidos de los entrenadores, los botines manchados de barro y las coletas que vuelan detrás de una bocha.

El fútbol para todas las edades sigue siendo el pilar emotivo: los más pequeños aprenden a gambetear y a perder el miedo al empujón, siempre con un adulto que los espera con una fruta y un aplauso. Pero el handball sumó en los últimos años una energía nueva, con pibes y pibas que descubren la velocidad del juego de pases. Y el hockey femenino, ese que creció hasta convertirse en orgullo, reúne cada vez a más chicas que encuentran en la cancha un espacio para crecer juntas.
Hoy el club es presidido por Leonardo Ramírez y la comisión directiva no se duerme en los laureles. Saben que el barrio cambió y que las necesidades también. Por eso trabajan para ampliar la oferta de disciplinas, con la mira puesta en sumar actividades artísticas y talleres que convoquen a más vecinos. La idea es clara: que el Sargento Cabral no sea solo un club deportivo, sino una usina de comunidad todo el año.
Hoy, en su 65º aniversario, las paredes de París 690 no necesitan grandes fuegos artificiales. Con que un pibe haga un gol, una piba de hockey levante la cabeza sonriendo o un abuelo se siente en el banco de siempre a mirar el entrenamiento, alcanza. Porque después de seis décadas y media, el “Coloso” sigue firme, con las puertas abiertas en el barrio Centenario.

